Los inicios: una oportunidad que nadie había resuelto
En 2007, Melanie Perkins era estudiante universitaria en Perth, Australia, y daba clases de diseño gráfico. Ahí notó algo que parecía obvio, pero que nadie había resuelto bien: las herramientas de diseño disponibles, como Adobe Photoshop o InDesign, eran tan complejas y caras que la mayoría de las personas las encontraba imposibles de usar. El diseño parecía reservado para expertos.
Ese problema le pareció una oportunidad. Junto a Cliff Obrecht, lanzó Fusion Books en 2007: una plataforma que permitía a estudiantes diseñar sus propios anuarios escolares de forma simple y personalizada. Este fue el primer experimento de lo que más tarde se convertiría en Canva.
El camino no fue lineal
Convertir ese proyecto en una empresa real no fue nada fácil. La idea recibió más de 100 rechazos de inversionistas antes de conseguir financiamiento. En ese transitar, Perkins conoció al inversionista Bill Tai y descubrió que varios de los inversores con los que quería relacionarse compartían una afición: el kitesurf. Así que aprendió, y lo que comenzó como una manera de acercarse a ese círculo, terminó abriéndole puertas en Silicon Valley.
Más tarde se sumó Cameron Adams, ex Google, como tercer cofundador. En 2013, Canva levantó una ronda semilla de US$3 millones y ese mismo año lanzó oficialmente su plataforma.
El despegue
El crecimiento fue inmediato. Canva había encontrado un público enorme que nadie había atendido bien: personas y empresas que necesitaban crear diseños de calidad sin ser diseñadores.
La clave no fue inventar algo completamente nuevo, sino tomar el diseño gráfico y hacerlo radicalmente más simple, accesible y útil para la mayoría de los usuarios.
Hoy, más de 265 millones de personas usan Canva cada mes en 190 países. La empresa genera cerca de US$4.000 millones al año y está valorada en US$42.000 millones.
Perkins y Obrecht también han llevado su visión más allá del negocio: se comprometieron a destinar la mayoría de su patrimonio, a través de su participación en Canva, para generar impacto positivo mediante Canva Foundation, enfocada en combatir la pobreza extrema a nivel mundial.
Su historia demuestra algo muy directo: a veces la gran oportunidad está en tomar algo que ya existe y preguntarse "¿por qué tiene que ser tan complicado?". También deja otra lección: una buena idea rara vez avanza en línea recta. A veces requiere cambiar el pitch, insistir una vez más o, literalmente, aprender kitesurf.
Aprendizajes clave para las pymes
• Simplificar procesos puede generar mucho valor.
• Resolver problemas cotidianos abre grandes oportunidades.
• Escuchar constantemente al cliente ayuda a mejorar.
• Las buenas ideas requieren perseverancia y adaptación.
• La experiencia del usuario también es parte importante del producto.
• El rechazo es parte del camino: Canva fue rechazada más de 100 veces antes de despegar.
El factor clave: tener recursos para convertir una buena idea en crecimiento
Canva encontró una gran oportunidad al simplificar algo que hasta entonces parecía reservado para expertos. Pero detectar el problema era solo el comienzo, ya que para transformar esa idea en una plataforma global necesitó inversión para desarrollar tecnología, sumar talento y llevar el producto a millones de usuarios.
En una pyme, la escala es distinta, pero el desafío se parece bastante: muchas veces la oportunidad está ahí, ya sea a través de un nuevo cliente, un proyecto más grande o una inversión necesaria, y lo que falta es tener los recursos disponibles justo en ese momento.
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